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Levité Levité |
Nuestro pollo en Hollywood viajó para ver Sunshine, la última
película de Danny Boyle, y vivió la experiencia de flotar en el espacio como lo hacen los astronautas. |
Por Axel Kutchevasky |
Imaginate una montaña rusa. La sensación de vacío más fuerte te agarra cuando el carrito baja en caída libre, en 45 grados. Los huevos se te van hasta la garganta y vuelven a su posición oficial en milésimas.
Reemplazá el carrito por un avión. Pensá en un Boeing 727 subiendo hasta una altura tremenda, unos 32.000 pies, y cayendo en picada. Adentro los pasajeros que viven esa curva atraviesan 30 segundos de gravedad cero. Todos vuelan como los astronautas en las películas, sin darse cuenta que el avión parece a punto de hacerse bosta. Para los cosmonautas esto es común; es parte del entrenamiento.
ZERO DE DIEZ. Dos empresas en el mundo ofrecen el servicio a civiles; una queda en Rusia y la otra es ZERO-G, que opera desde la NASA, en Cabo Kennedy, Florida.
Subirse a uno de estos vuelos tampoco es una pavada: un viajecito de dos horas con unas veinticinco parábolas sin gravedad cuesta más de 4.000 dólares. Hay que reservar tu asiento con un año de anticipación, demostrar estar sano y firmar un contrato donde, si cagás fuego, ellos no se hacen cargo. Hasta hoy solo 30.000 civiles vivieron la experiencia, incluyendo a Tom Hanks.
El 3 de febrero uno de estos vuelos salió de la pista de donde se elevan los transbordadores espaciales. Adentro iba Danny Boyle, el director de Trainspotting, Exterminio, La Playa y Millones. Lo acompañaban sólo 14 periodistas de diferentes países, incluyéndome. De Taiwán a Italia, de Brasil a Alemania, la selección había sido exhaustiva y los cronistas elegidos a dedo.
PLAN CERO. El plan era simple; era la primera vez que se iba a presentar una película en gravedad cero. Establecer este récord en el libro Guinness era una excusa maravillosa para promocionar la nueva película de Boyle, Sunshine – Alerta Solar. El film (que se estrena en Argentina el 12 de abril) es la historia de unos astronautas que tienen que ir hasta el Sol para evitar que se extinga. De ahí que los capos de la Fox (productores de la peli) tuvieron la idea de llevarnos a volar como si estuviéramos en el espacio.
Tras un día de entrenamiento donde te explicaban cómo funcionaba el asunto, un micro nos llevó a la NASA. Para no descomponerse ni regurgitar por los rincones fuimos obligados a tomar una pastilla, sin imaginar que sin eso te iba a salir vomito por las orejas. Hasta ese momento el cronista de Australia pensaba que lo iban a subir a un simulador, no que el asunto era en una nave en picada. Pobre: vómito y diarrea en un solo movimiento.
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CLIMA DE DIEZ. Como en un viaje de egresados, todos cantábamos mientras despegamos. Era muy impresionante ver a los tipos que hicieron una película con Ewan McGregor picándose con heroína cantando La Cuenta Final, el tema de Europe una vez que el avión llegó arriba. En ese momento fuimos obligados a acostarnos en una gran colchoneta. Te recomendaban no tratar de reincorporarte. Es que cuanto más se elevaba el Boeing más fuerte era la presión sobre tu cuerpo, al punto que levantar un brazo costaba un montón. De golpe el peso disminuía y el comandante avisaba que llegábamos al punto de gravedad cero. Inmediatamente tu cuerpo empieza a levitar y podés caminar con los pies en el techo. Ya no hay arriba, abajo, izquierda o derecha. El agua se desplaza en globitos que nunca dejan de tener la consistencia líquida. Los tripulantes del avión te explican cómo jugar al voley usando el cuerpo de otra persona y es cierto: con una mano podés levantar a tres Totas Santillán. Cuando pasan los 30 segundos el comandante avisa que volvemos a nuestro estado normal y caés como en cámara lenta. La explicación : lo que vivís es igual a una caída como la que atraviesan los paracaidistas, con la diferencia que al estar adentro de un avión tenés oxígeno y no sentís el viento en la cara.
CONTROL CERO. Cada vez que se llega a la gravedad cero pasa lo mismo: todos vuelan sin control de la dirección o la altura. A diferencia de la ficción, en la vida real no se puede "nadar" a través del aire. Y cada vez que tomás impulso terminás chocándote con algo y con alguien. A Boyle (que iba con su hijo Gabriel y por el productor del film, Andrew Macdonald) no le importaba. Grababa todo con su camarita mientras te pedía que lo sostengas en el vacío.
Nada evitó que uno de los técnicos se mareara y largara una masa de vómito digna de la nena de El Exorcista. El bolo alimenticio volador es una de esas imágenes que no podremos olvidar jamás.
Al aterrizar, el comandante te saludaba con un símbolo de tu vuelo de bautismo: te daba vuelta la insignia con tu nombre. Hasta ese momento el cartoncito estaba cabeza abajo. Flor de metáfora.
La gravedad cero es una experiencia impactante, al punto que es difícil dejar de pensar en eso por semanas. Pero los tipos de ZERO-G no son ningunos tarados; te dan toneladas de recuerdos para que revivas la experiencia cuando quieras. Te regalan videos, fotos y hasta el uniforme azul que usan los pilotos. Piénsenlo: a esta hora, en algún lugar del planeta, hay alguien dándole masa a su novia vestido como si fuera un astronauta. Y todo gracias a Sunshine – Alerta Solar. ¿No es lindo?
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